Decía Bertrand Russell que gran parte de los problemas del mundo radica en que los idiotas están convencidos, en tanto que los inteligentes dudan.
Así creemos, y sumamos la ya dicha idea de que el mundo –políticamente entendido- es más de los hinchapelotas que de los capaces. No se le niega mérito al convencido: la persistencia.
Saberlo no soluciona mucho, pero ayuda a entender lo que de otro modo nos haría dudar de si los locos somos nosotros, ellos o ustedes. Pero no explica que ciertas cosas se tomen con total naturalidad.
Juan y Pinchame, cuenta la historia local, son verdaderamente dos tipos convencidos.
De otro modo difícilmente se entendería su persistencia en emprendimientos de tan poco vuelo –en el mejor de los casos- o decididamente inoportunos, en la mayoría.
Hay que estar, ciertamente, muy convencido como para, en momentos que no lo ameritan y partiendo desde los representantes de un partido supuestamente comprometido desde su origen con las necesidades sociales de los desposeídos y la búsqueda de la justicia, promover ordenanzas para, por ejemplo, reglamentar el uso de camas solares o hacer cementerios de mascotas... Sí, un cementerio de mascotas. En Gran Bretaña está en boga en este preciso momento; no sé si en el Guarumba.
Juan y Pinchame no están solos, cuentan a veces con la complicidad, en el mismo sentido de banalidad e inoportunidad, de la necesaria testigo que lleva el timón. Ti-món o mon-ti, cómo era…? Bueno, no importa.
Ante este tipo de propuestas e inquietudes, la primera reacción -la más inocente- es de perplejidad: "Estoy leyendo/oyendo bien...?", O "Estos, dónde viven?"
En una nube de gases, nos aclara un amigo más piadoso pero igualmente inocente.
(Donde dice gases debe leerse la palabra correcta)
Ponele, recuperar el monumento del Tambor de Tacuarí, pasa; una pavada sin mayor daño, o el proyecto de poner cámaras para filmar toda la ciudad, una tontería más a las que el dúo de concejales nos tiene acostumbrados, pero tanto empeño en frivolidades rebasa las paciencias más entrenadas.
Y Juan y Pinchame parecen ser especialistas en dedicarse a pensar tonterías, y cobrar por ello. Bastante bien, por cierto.
No es que ninguno de los dos cobre fortunas, pero en este contexto y en virtud del peso de las ideas que tan prolíficamente emiten, hasta cincuenta centavos suena a desmesura. Y en un contexto comparativo y teniendo en cuenta que al sueldo lo paga el Estado, más. No sólo a desmesura sino a falta de respeto e inaceptable cinismo.
Imaginate vos, que fueras un tipo que vive con la décima parte de lo que un concejal, que trabajaras las 24 hs. del día y pusieras el mejor empeño por mejorar tu entorno, que carecieras de vacaciones pagas y viáticos y no sepas cómo hacer para afrontar los coletazos de la crisis. Viene un tipo y te dice “Ay sí, presenté un proyecto para regular y reglamentar la tirada de papelitos en días festivos…” (por decir una tontería; espero no estar dando ideas…), no te sentirías un poco estafado?
En cierto modo es una promoción a la violencia, o en sí misma una actitud violenta. Pensando con buena intención, supongamos que es una actitud de inconsciencia o falta de pies en la tierra, pero provoca sentimientos poco agradables. Y le hace poco honor a la institución y el partido que representan.
Siendo aun más bienintencionados, debemos reconocer que tanta energía puesta en la nada que cultiva Juan, y a veces Pinchame, termina dando risa, e invita a proponerle proyectos para que él mismo los presente. Aunque es difícil superar la propuesta de que se baile el Pericón Nacional en Plazas y Espacios Públicos de la Ciudad (!!!), del 2008.
La última pregunta inevitable que nace, casi como una triste certeza, es: ¿Seremos, nosotros, muy boludos?
Bueno, sirva como consuelo pensar que, si lo somos, estamos muy bien representados.
Aldo Vercellino
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